REGLAS GENERALES

Dadas por nuestra Madre Fundadora para la conducta de las Hermanas en las parroquias donde se establezcan.
Estáis lejos de vuestra Casa, tened cuidado de no estar también lejos de vuestro deber; no estáis a la vista de vuestros superiores pero no olvidéis que no podéis estar nunca alejadas de la vista de Dios; Él está en todas partes, doquiera le encontraréis con la misma facilidad que en la Casa Madre, si le buscáis con la misma fidelidad. Pensad sin cesar que es Él mismo quien os ha conducido aquí, pero pensad también porque os ha retirado del mundo: para facilitaros los medios de trabajar en vuestras santificación; si os ha conducido aquí es para que perseveréis en ese gran negocio, trabajando al mismo tiempo en la salvación del prójimo de la manera más conveniente, es decir, por medio de la instrucción, de las obras de caridad y del buen ejemplo. Pensad seriamente en cumplir esos deberes y no queráis dispensaros de ellos bajo pretexto de que no sois capaces; haciendo siempre todo lo que podáis, y pidiendo con instancia al Señor lo que no podéis hacer. Dios no dejará de concederos lo que necesitáis, con tal de que vuestra conducta os haga dignas de obtenerlo.

He aquí como:
Respecto a Dios
Sed fieles sin relajación a todos los ejercicios de piedad, oraciones, lecturas, meditaciones, silencio y hacedlos siempre que sea posible, a las mismas horas. Conservaos con esmero en disposición de recibir con frecuencia los Sacramentos, si esta disposición llega a debilitarse restablecedla como se debe sin tardanza. Conservad la presencia de Dios en todas vuestras acciones; y para ello habladle a menudo, hablad a menudo de Él y renovad muchas veces la intención de hacerlo todo por su Gloria.

Respecto a las Hermanas
Tratad a vuestras Hermanas con una gran sencillez, si tienen autoridad, tened para ellas una perfecta sumisión. Sed suaves, sencillas en vuestros discursos, modestas en vuestras respuestas, prontas en la obediencia y alegres en todos los servicios que les prestáis. Estad llenas de caridad para con ellas; no las juzguéis nunca mal, y no digáis de ellas nada que no sea bueno. Soportadles como queréis que os soporten y aún más si tienen mayor necesidad. Obrad siempre de acuerdo con ellas y conformaos, en la medida que sea posible, a su voluntad, sin manifestar molestia o repugnancia. Orad por las Hermanas con quienes vivís y por las de ésta vuestra Casa de la cual debéis acordaros diariamente.

Respecto a las niñas
Tened mucha delicadeza y vigilancia para la juventud que educáis; tratad de haceros amar y respetar al mismo tiempo. Sed dulces sin debilidad, firmes sin dureza, graves sin altivez. Corregid sin cólera. No manifestéis menos amor por los pobres que por los ricos y sobre todo preocupaos tanto por las almas de los unos como de los otros, por vuestras palabras y vuestros ejemplos. Para estimularos a cumplir este deber pensad en la rigurosa cuenta que Dios os pedirá.

Respecto a las personas de fuera
Conducíos con las personas de fuera con mucha prudencia, con paciencia, con suma bondad y con modestia. No seáis ni demasiado libres ni demasiado cohibidas. No habléis delante de ellas más que de cosas edificantes y que tienden a edificar. Servid a los enfermos con manifestaciones de caridad y sin que haya en vuestro semblante ninguna señal de disgusto. Tratad, si es posible, de ser aún más útiles al alma del enfermo que al alivio del cuerpo. Salid de casa lo menos posible, volved prontamente y sin traer a ella noticias que no sean edificantes.

Respecto a vosotras mismas
Trabajad diariamente en adquirir una profunda humildad, mucha desconfianza de vuestras propias ideas y pureza de intención en todo cuanto hagáis. Sed constantemente mortificadas en proporción de vuestras fuerzas; continuamente recogidas, sin perjuicio de los cuidados exteriores; muy atentas al trabajo, siempre dispuestas a hacer el bien, jamás de mal humor. Para poner en práctica todo esto implorad en toda ocasión el auxilio de Dios por medio de frecuentes elevaciones del espíritu y del corazón hacia Él. Examinaos a menudo atentamente sobre los defectos contrarios a estas obligaciones, y proponeos seriamente velar cada vez más sobre vosotras mismas, castigándoos puntualmente cuando os hayáis descuidado. Si por desgracia, lo que Dios no permita, llegaseis a caer en alguna falta considerable, no os quedéis detenidas en ella; por el contrario, sin desanimaros levantaos prontamente. Presentaos ante Dios con humildad y con confusión, confesad el mal que habéis hecho, escuchad con docilidad y respeto los reproches que os haga en el fondo del corazón y pedidle con fervor y confianza que os de valor para levantaros y la gracia de no volver a caer.

Amén.